La regeneración es el verdadero fundamento de la salvación.

Por lo tanto, debemos ser diligentes para saber con seguridad si hemos nacido de nuevo, ya que muchas personas creen que nacieron de nuevo y no es así. Que te consideres un cristiano no te otorga la naturaleza de ser un cristiano(…)
Incluso, que otros te reconozcan como profesante de la fe cristiana carece de valor a menos que se añada algo: la experiencia de «nacer de nuevo». Y esta expresión parece ser tan misteriosa que las palabras humanas son incapaces de describirla. «El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu» (Juan 3:8).
Sin embargo, se trata de una transformación que se conoce y se siente; se conoce por las obras de santidad que produce y se siente por medio de la asombrosa experiencia de la gracia. Esta gran obra de la regeneración es sobrenatural, no es algo que uno pueda producir por sí mismo. Se trata de una nueva verdad que impregna nuestro corazón, que renueva el alma y afecta a la persona en su totalidad. No es un cambio de nombre sino una renovación de mi naturaleza de manera que no soy lo que solía ser, sino que me convertí en una nueva persona en Cristo Jesús.
Lavar, embalsamar y preparar un cuerpo para la sepultura es algo muy distinto de volverlo a la vida. El hombre puede hacer lo primero, pero lo segundo solo es obra de Dios. Por tanto, si naciste de nuevo, tu reconocimiento hasta el día de hoy será: «Oh Señor Jesús, eterno Padre, eres mi Padre espiritual. A menos que tu Espíritu me haya inspirado una vida nueva, santa y espiritual, yo estaría “[muerto] en [mis] transgresiones y pecados” (Efesios 2:1). Mi vida celestial solo proviene de ti y a ti solo la atribuyo.
Mi “vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3) porque “ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20)». Que el Señor nos permita tener la pacífica seguridad sobre este tema vital de «nacer de nuevo» dado que no haber sido regenerado implica no ser salvo ni perdonado, estar «sin esperanza y sin Dios» (Efesios 2:12).

Fragmento, Nuevo Nacimiento de CHARLES SPURGEON.

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